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Así se fabrica una canción pop de éxito

26/01/2017
admin

Un libro revela la magia de los productores para convertir en ‘hits’ temas de famosos cantantes

Madrid
La cantante Taylor Swift, en un concierto en Austin (Texas), en octubre de 2016.
La cantante Taylor Swift, en un concierto en Austin (Texas), en octubre de 2016. GARY MILLER FILMMAGIC

En realidad todo empezó con la banda sueca Ace of Base. “All that she wants is another baby…”, entona el estribillo, e inmediatamente quedas enganchado. Por supuesto, no es la primera canción de la historia de la música que a base de repeticiones se te ha incrustado en el cerebro, pero es, sin duda, la que marca el inicio de esta historia, la de La fábrica de canciones (Reservoir Books), escrita por John Seabrook.

Y la historia dice así: en 1992, la industria musical, en plena necesidad de transformación, cambió completamente gracias a un equipo de productores suecos, encabezados por Denniz Pop y su (inicialmente) ayudante Max Martin. Su primer gran hit para Ace of Base, ingeniería sueca del primer nivel, se hizo en un pequeño estudio en Estocolmo y les valió más de dos millones de copias entre Estados Unidos y Reino Unido. A base de repeticiones, ganchos musicales en el lugar adecuado y el suficiente pop azucarado, el estudio Cheiron, donde ambos trabajaban, se convirtió en la fábrica de grandes éxitos imparable que lo modificó todo.

Pronto, las discográficas estadounidenses que llevaban a bandas necesitadas de un primer éxito que les hiciera triunfar entre la chavalada, llamaron a su puerta. El grunge moría, el indie se disgregaba y con la crisis de las ventas llegó el momento del hit pop orquestado. Y nadie como un equipo de suecos encantados de trabajar en equipo, sin ganas de figurar y con un toque mágico para ensamblar canciones.

Frase melódica

“Entré en esta historia porque lo primero que me sorprendió es que la música que escuchamos ahora está completamente construida para engancharte”, explica Seabrook. “Indagué quién las hace, quién las orquesta y me encontré con Max Martin y, en su origen, con Denniz Pop. Estos productores suecos incorporaron los hooks, una frase melódica condensada, que antes ya existía pero ahora tiene muchas más capas que te retienen ahí. Es música que se diferencia de la canción autoral anterior, más larga, con inicio, estribillo y final. Estos éxitos están hechos para nuestro nuevo milenio, en el que tenemos mucha menos capacidad de atención”.

El productor Max Martin
El productor Max Martin LUCY NICHOLSON REUTERS / CORDON PRESS

El currículo de Denniz Pop —que falleció prematuramente en 1995— y especialmente el de Max Martin son incomparables. Este último, que comenzó como cantante en una banda de glam metal, cuenta en su haber con más éxitos que nadie. Quit Playing Games (with My Heart) y I want it that way, para Backstreet Boys, Baby one more time, I did it again, para Britney Spears, I kissed a girl y California Gurls, para Katie Perry; We are never ever going back together, I knew you were trouble, Shake it off, para Taylor Swift, y muchos otros para Demi Lovato, Justin Timberlake, Jelly Clarkson, Pink, Ariana Grande o The Weeknd. Si hay un éxito pop en los últimos 20 años, es más que posible que sea de Martin.

Aun así, casi nadie fuera de la industria lo dice. Sus nombres figuran como coautores en todas las canciones, alguna que otra estrella les dedica los premios que reciben, pero permanecen en la sombra. “Nadie quiere que se sepa, si lo quisieran lo sabríamos todos. Se quiere mantener la mística de los noventa, en la que el músico de rock era también el autor de la melodía. No se miente directamente, pero se hace creer que Rihanna o Katie Perry escriben sus canciones, en vez de un sueco de mediana edad. Podemos asumir perfectamente que un actor no escribe el diálogo que recita, pero no que un cantante no lo haga”, explica Seabrook. La historia oculta es digna de ser revelada, con muchísimas fuentes, pero, lamentablemente, sin Martin. “No ha querido hablar con nadie, es una especie de fantasma sueco, siempre en la sombra”, dice el escritor.

El libro indaga en la historia de la industria musical para buscar el origen de esos hits. La tradición es larga: desde la mítica discográfica Motown, en los sesenta, hasta el combo de Stock Aitken y Waterman a finales de los ochenta —con Kylie Minogue, Jason Donovan y Rick Astley como principales estrellas— pero nadie ha durado tanto en el negocio como Martin. “La mayoría de los productores, a partir de los ochenta, usaban a estrellas desconocidas que en cuanto tenían éxito querían, comprensiblemente, cierto control creativo. El desprecio de los productores por artistas que ellos consideran que han creado, como es el caso de Dr Luke con Ke$ha, les pasa factura. Los suecos no tienen esa necesidad de éxito, no les importa permanecer en la sombra”, explica Seabrook. “Además, la música evoluciona vertiginosamente, si algo tiene éxito en seguida es copiado, con lo cual acabas sonando como una parodia de ti mismo. Martin se ha rodeado de diferentes colaboradores y sus técnicas de producción para cambiar su sonido y seguir siendo relevante”.

El libro incide en la ciencia pero también en el lado oscuro del éxito. Desde los usureros managers de boybands, al acoso sexual a las estrellas, nadie sale indemne de una fábrica de éxitos. “Se trata de una industria increíblemente sexista, en la que no hay mujeres productoras. Las cantantes son chicas muy jóvenes, inicialmente sin poder. Cuando un tipo que ronda los cuarenta puede lograr que seas una estrella o un fracaso más, su poder es inconmensurable. Ahí es cuando se dan casos como el de Dr Luke, acusado de acoso sexual y violación por Ke$ha”, agrega Seabrook.

En cualquier caso, poder analizar los éxitos contemporáneos matemáticamente, a la sueca, permite a Seabrook vaticinar el futuro de los éxitos. “El auge de la música dance y el hip hop induce a artistas de ambas esferas a trabajar juntos. DJ Snake con Justin Bieber, Miley Cyrus con Mike Will Made It se trata de un nuevo tipo de canción que cambia las reglas del juego, rompe con los géneros tradicionales” , explica.

Tras cuatro años de investigación, este periodista de The New Yorker, fanático de la música, admite cierta desilusión. “Hay cosas que preferiría no haber descubierto. Por ejemplo, para grabar una canción, un artista puede estar repitiendo una frase incesantemente durante cuarenta tomas para conseguir ese resultado perfecto. Le resta esa magia mística de la composición de canciones”, ríe Seabrook.

La matemática sueca no es, evidentemente, algo que siempre resulte emocionante.

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